Rovaniemi y el Círculo Polar Ártico: qué ver más allá de Papá Noel

Cada grupo nuevo me hace la misma pregunta nada más aterrizar, todavía en el autobús camino del hotel: «Pepín, ¿de verdad vamos a cruzar el Círculo Polar Ártico?» Y cada vez, aunque sea mi viaje número quince a Rovaniemi, siento la misma ilusión que la primera vez que crucé esa línea yo mismo. Es un gesto simbólico, sí, pero de los que se quedan grabados. Antes de contarte qué hay que ver, vale la pena que sepas qué es realmente esa línea, porque es uno de los datos que más malentendido llega.

Qué es (y qué no es) el Círculo Polar Ártico

El Círculo Polar Ártico está a 66°33′45,9″ norte del Ecuador. Es la frontera a partir de la cual, al menos un día al año, el sol se queda 24 horas seguidas sobre el horizonte —eso que llamamos sol de medianoche en verano— o bajo él, la noche polar del invierno que muchos de mis grupos viven en primera persona.

No es una línea fija para siempre; se mueve un poco con el tiempo por la inclinación del eje de la Tierra. Pero para lo que a nosotros nos importa, es la referencia que se usa desde hace décadas, y la que vas a encontrar pintada en el suelo cuando lleguemos.

Dónde está exactamente

El punto marcado para el público, en Santa Claus Village, está en 66°32′37,11″ N, 25°50′51,44″ E, a unos 8 kilómetros al norte del centro de Rovaniemi. Sí, hay una pequeña diferencia entre esa coordenada y la definición estricta de la línea, y no, no es un error del pueblo: es lo habitual en este tipo de marcadores turísticos en todo el mundo. La línea señalizada es la que se mantiene por tradición, no se recalcula cada año. Y sinceramente, me parece bien así: lo que importa es el gesto de cruzarla con el grupo, no el segundo de arco exacto.

Lo que hacemos en Santa Claus Village

La foto sobre la línea pintada es innegociable —nunca he tenido un grupo que se resista a saltarla o hacer la voltereta de turno, y quien lo hace se lleva su certificado oficial—, pero el recinto da para más de un rato. Siempre paramos en la Roosevelt Cottage, el primer edificio que se construyó allí, en 1950, con una anécdota que me encanta contar: se levantó con motivo de la visita de Eleanor Roosevelt a la zona ese mismo año. Después toca el encuentro con Santa Claus, la oficina de correos temática y las tiendas de artesanía sami, y quien quiera seguir con actividades de nieve tiene sauna, safaris en motonieve, trineo de perros y bares de hielo, todo concentrado en el mismo punto.

Rovaniemi, más allá del pueblo de Papá Noel

Aquí está la parte que casi ningún viajero conoce de antemano, y la que más me gusta contar en el propio autobús cuando cruzamos la ciudad: Rovaniemi tiene una historia reciente bastante dura, y se nota en cómo está construida.

En 1944, durante la retirada alemana al final de la Guerra de Laponia, la ciudad quedó devastada casi por completo. Lo que hoy paseamos es, en gran parte, una reconstrucción de posguerra, y no una cualquiera: el encargo recayó en Alvar Aalto, uno de los arquitectos más importantes del siglo XX, que trazó el nuevo plano urbano con una idea muy concreta, las calles principales en forma de cornamenta de reno, símbolo central de la cultura sami. Cuando se lo cuento al grupo, siempre hay alguien que se para a mirar el mapa de otra manera.

De ese mismo espíritu nace uno de los edificios que más me gusta enseñar, el museo Arktikum, inaugurado en 1992 coincidiendo con el 75 aniversario de la independencia de Finlandia. Su corredor de cristal de 172 metros atraviesa una carretera entera y funciona, literalmente, como puerta de entrada al norte. Bajo tierra reúne el centro de ciencias del Arctic Centre y el museo provincial de Laponia, fundado en 1975, con todo lo que hay que saber sobre la cultura y la vida en el Ártico. Es una parada que sorprende a quien viene solo pensando en nieve y auroras.

Y si algún grupo se queda con ganas de más, ahí está Ounasvaara, la colina con pistas de esquí a un paso del centro, o el propio trazado de Aalto, que se puede recorrer caminando sin prisa. Rovaniemi tiene unos 62.000 habitantes —dato de 2016, el más reciente que he podido verificar— y recibe cerca de 500.000 visitantes al año. Una ciudad pequeña que, en invierno, se convierte en uno de los destinos con más movimiento de todo el norte de Europa.

Por qué siempre lo dejo para el primer día

Con los grupos, combinar Santa Claus Village con un paseo por el centro funciona muy bien como primer día de viaje: está todo cerca del aeropuerto, no exige el esfuerzo físico de un safari de huskies o una salida con raquetas, y da ese primer contacto simbólico con el Ártico —cruzar la línea— además de algo de contexto real antes de meternos en las experiencias más activas, como los paseos en trineo de huskies y renos, que suelen ser lo que más recuerdan al volver a casa.


¿Quieres vivir este momento conmigo y con el grupo, sin preocuparte de la logística? Descubre el viaje a Laponia en grupo de Full Experiences, con parada en el Círculo Polar Ártico incluida.